¿Qué tanto me quiero a mi misma?


Me cuesta trabajo escribir porque sé que lo va a leer una cantidad de gente que no conozco – y peor, que conozco – pero quiero hacerlo porque sé que muchos se podrán identificar. La verdad es que no sé responder esta pregunta y aunque podría relatarles toda la teoría detrás del amor propio y darles la receta de lo que deben hacer, no me sentiría honesta. Quiero algún día poder hablarles desde mi experiencia para animarlos a ver la vida desde el otro lado – este no es el día. No he llegado a ese estado de consciencia y amor universal tan característico de las personas que promueven un estilo de vida saludable; apenas voy labrando mi camino.

Mis días son una montaña rusa emocional en los que paso de la euforia al llanto o de la rabia a la calma en un minuto. Mi autoestima está cinco metros debajo del piso y ya está acostumbrada a tener capas de tierra encima, aunque a veces se asoma timidamente a la superficie; no es que aspire a ser perfecta, sólo un poco menos defectuosa. Constántemente me meto en la cabeza de la gente y asumo que no me toman en serio, que les doy risa o que disfrutan de mis fracasos. Me preocupa demasiado lo que piensan los demás y busco su aprobación todo el tiempo, lo cual me ha llevado a no ser del todo sincera con nadie; no quiero que se preocupen por mi, que me interroguen ni que sepan que sigo siendo débil.

A los 12 años fue la primera vez que quise ser alguien más y a los 15 años me plantée mi primer dilema existencial: si uno se cansa de los demás cuando pasa mucho tiempo con ellos, y si uno pasa cada momento de su vida con uno mismo, ¿cómo podemos no cansarnos de nosotros mismos? Nunca podemos alejarnos, siempre estamos ahí. Inocente pregunta que pronto se volvería un dolor de cabeza. ¿Cómo descanso de mi? ¿En dónde me meto? ¿Dónde me escondo? Esa presencia intensa siempre va a estar ahí, cada instante. Y sé que no debería pensar así, pero lo hago y la convivencia se vuelve difícil.

Si me piden que me describa, siempre voy a pensar en lo malo primero. Pero una persona no puede ser sus rasgos negativos todo el tiempo; yo no siempre soy brava, impaciente o grosera, también soy muchas otras cosas. También me río, tengo buenas intenciones, me esfuerzo por tener buenos gestos, quiero ayudar a la gente y quiero que este mundo sea un poco menos desesperanzador. Trato de ser consecuente con lo que pienso, me tomo la vida demasiado en serio, siento culpa cuando trato mal a la gente y la obligación de tratarme mal a mi. Me gusta cantar a menos que me pidan que lo haga, soy organizada en unas cosas y desorganizada en otras, igualmente soy determinada e indecisa, soy espontánea y meticulosa, descomplicada e inflexible. Me gusta ir a cine (y extraño Blockbuster), me encanta ver los árboles desde abajo y el color del cielo a las 6:30 pm, me gusta hacer álbumes de fotos, soy sensible con los demás, se me facilita interactuar cuando estoy de ánimos de hacerlo, no soy una lectora ávida, no creo en Dios, creo en la gente (y tampoco creo tanto en la gente), lloro con canciones pero nunca en una película, odio comprar ropa pero me gusta estrenar, quiero ser normal pero no tolero ser promedio.

Sé que me quiero porque sigo aquí, porque hago lo que hago, porque me esfuerzo por quererme. Crecer es doloroso y asumir responsabilidades, agobiante. Me encantaría que la solución a mi baja autoestima viniera de afuera, que alguna persona me dijera qué hacer y que esa persona se encargara de que lo hiciera. Lastimosamente esta estrategia no me ha funcionado ni lo hará jamás pues soy yo la responsable de mis sentimientos y sólo de mi depende dejar de ser mi peor juez y entender que siempre tendré que trabajar en lo malo y en lo bueno. No soy tan especial pero sé que tengo muchas cosas positivas que la gente que me conoce valora más que yo, y que con pasos de bebé aprenderé a valorar más.

En el fondo soy una persona feliz que le gustan varias cosas de si misma. Veo fotos de cuando era pequeña y me conmueve ver esa sonrisa tan genuina de una niña que no sabe lo que se le viene por delante. Siento ganas de abrazarme y pedirme perdón porque sé que no me merezco sufrir por nimiedades y que tengo derecho a vivir tranquila. Por un buen tiempo pensé que era hipócrita por promover el amor propio sin haberlo conquistado, ahora lo veo como un proceso en el que podemos avanzar juntos. Todos los días intento sentirme menos incómoda con mi cuerpo y con mi forma de ser y de recordar que siempre seré vulnerable, pero sólo seré débil si así lo decido. No es fácil cambiar de mentalidad y por eso le deseo fuerza a todas las personas que sienten que se odian. Yo seguiré mi camino y continuaré tratando de perderle el miedo a mis emociones; tal vez me demoraré años, pero llegaré.


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