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Si no me defino, no soy nada.

Querer entrar en una categoría ha sido la premisa detrás de mi necesidad de identidad. Eso es lo hermoso de los niños pequeños, que simplemente viven, hacen y sienten. Nosotros, por otro lado, necesitamos explicar todo, actuar según lo que definimos que somos y probarle al mundo que “x, y o z” nos caracteriza. Es como si creyéramos que siempre vamos a sentir, pensar y querer lo mismo, como si nunca fuéramos a cambiar. Y lo cierto es que la gente cambia, puede que no en su esencia, pero sí en pequeños aspectos de su vida – y eso está bien, no hay por qué negar el cambio. En este momento de mi vida me identifico con ciertas cosas que hace 10 años no consideraba importantes, y seguramente dentro de otros 10 años las cosas cambiarán, tal vez no voy a querer comer exactamente lo mismo ni trabajar en estos temas, tal vez voy a querer vivir en otro lugar o hacer nuevos amigos, quizás los planes que me gustan van a ser otros e incluso puede que cambien mis valores. Somos mucho más que una etiqueta, que una profesión, que nuestros rasgos físicos, lo que comemos, nuestra manera de vestirnos o nuestro nivel de éxito. Somos complejos y contradictorios.

Dentro del “mundo” del vegetarianismo, hay cantidades de etiquetas que la gente usa para definir en qué parte del espectro están: ovo/lacto/ovolacto vegetarianos, veganos, crudívoros, frutarianos, macrobióticos, flexitarianos, pescetariano, y la lista continúa hasta el infinito. No hay nada de malo con describir la forma en que uno come, el problema es cuando uno se identifica tanto con ello que se vuelve la prioridad en su vida. Imaginémonos una persona que no come alimentos cocinados porque, según la información que tiene y la manera cómo se siente, ha decidido que esa es la forma en que quiere alimentarse. Esa persona se adapta a situaciones sociales sin problema y mantiene su alimentación casi que sin pensarlo, gozando de un excelente estado de salud y logrando un mejor desempeño físico. Ahora imaginémonos a otra persona que también es crudivegana pero le da pena llevar una ensalada a la comida familiar, se estresa cuando sale a comer con amigos, le dan ganas de probar el curry con arroz que ve en el restaurante, se compara constántenemente en redes sociales y periódicamente está sufriendo de gastritis o migrañas por el estrés. No es sólo la comida la que nos beneficia o no, es cómo nos relacionamos con ella.

Recuerdo el año pasado, cuando cambié mi alimentación a una vegana, la indecisión y lo abrumada que me sentía por cómo comer y cuál era la dieta perfecta. ¿Será que tengo que comer más que todo fruta, verduras verdes, almidones o proteínas? Me la pasaba viendo videos de YouTube de lo que la gente come en el día para determinar qué tipo de vegana quería ser y porque quería poder decir “comer esto es mejor que eso, miren mis resultados.” Otra gente que conozco se siente culpable por no haber botado todavía sus botas de cuero o porque accidentalmente se comieron algo con mantequilla, ya que eso no se alinea con su nuevo rótulo. El día en que un omnívoro se vuelve vegano, la gente lo señala por extremo y fanático, y el día en que deja de ser vegano, sus ex compañeros activistas se le van encima. Pues bien, vengo a decirles algo que ustedes ya saben pero que aveces se nos olvida: no hay nada que tengamos que hacer.

Si un día sólo quiero comer bananos y dátiles, al otro sólo quiero sanduches y al siguiente cereal, no importa. No es el ideal comer comida chatarra en vez de una comida balanceada, pero si esta noche quise comerme un pan con azúcar y canela y nada más, el mundo no se va a acabar ni me voy a morir mañana. No tenemos que estar contando calorías ni macronutrientes u obsesionarnos con las recomendaciones diarias de vitamina K para tener una buena salud. Lo importante es tener pautas generales, no si somos 80-10-10, Raw Till 4, Solución del Almidón, vegano chatarra o lo que sea que exista. Lo mismo sucede con las personas que quieren ser veganas por los animales y se se sienten mal por seguir usando ropa de cierto material. Lo que importa es que están haciendo un esfuerzo, tome el tiempo que tome. No importa si Juanita tiene un saco de lana mientras está tratando de “ser” vegana; el foco de la atención no debería ser si es 50% vegana, 90% o 150%, sino que ha tomado conciencia de algo y cada día es parte de su proceso de aprendizaje y transición a otro estilo de vida. Ahora bien, ¿qué pasa si llega el día en que sientan ganas de hacer algo que no se alinea con lo que supuestamente son, como en el caso del vegano que deja de serlo? Si el día de mañana piensan diferente, ¿caerían al abismo de la no identidad, estarían en el limbo de dos categorías, se sentirían ambivalentes, negarían su nuevo pensamiento? Si un colombiano decide irse a otro país, ¿es un cobarde? Si un profesional decide dedicarse a otros temas, ¿es un inútil? ¿El ex vegano es un traidor, un asesino?

Entiendo perfectamente que nuestras decisiones tienen implicaciones en nuestro entorno, pero aún así pienso que todos tenemos derecho a ser un poco egoístas y buscar lo que nos haga felices. Que la gente diga lo que quiera, concentrémonos en no encasillarnos a nosotros mismos en una limitada definición de nuestra personalidad. Aunque las categorías nos ayudan a entender el mundo mejor, las etiquetas son para las cosas, no para nosotros que estamos hechos de mucho más que un par de palabras; somos una mezcla de emociones, actitudes, recuerdos e historias. Por cada persona que esté de acuerdo con uno, va a haber otra que no, así que a la única persona que deberíamos buscar satisfacer es a nosotros mismos. Estoy cansada de ese tedioso “quién soy yo” y de forzar mi personalidad mientras me comparo con los demás. Debo decir que se siente raro “ser algo a medias”, pero aunque me da miedo vivir en la incertidumbre, soy lo que soy.


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