Hambre y hábitos alimenticios

Suena un poco a sin sentido: hambre y hábitos alimenticios. ¿Qué mejor hábito que poder comer tres veces al día, al menos el mínimo básico? ¿Por qué a quienes tenemos asegurada nuestra alimentación diaria, en ocasiones en exceso, nos debe importar el hambre de otros más allá de una sensibilidad o una solidaridad elementales? ¿Por qué hablar de hábitos alimenticios y su conexión con el hambre?

A nivel mundial se estima que cerca de 1.000 millones de personas padecen hambre en niveles que los inhabilita para llevar una vida medianamente digna. A esa séptima parte de la humanidad se le suman otros miles de millones, cuya cifra es más difícil de estimar, con una malnutrición crónica por la cual tienen un desarrollo inferior de su cuerpo y de sus capacidades mentales que los restringirá durante toda su vida y les restará posibilidades en diversos sentidos. Así sean miles de millones, aparte de lo que nos llega a través de la televisión y de la prensa, por hambrunas o situaciones en apariencia escepcionales como la destacada en forma pasajera por la prensa sobre la comunidad Wuayuu en la Guajira, la relación cotidiana de quienes llevamos vidas privilegiadas con esas personas tiende a ser nula, algo que resolvemos en el mejor de los casos a través de donaciones, limosnas o una sensación de impotencia cómoda.

Nuestro debate se remite ante todo a la comida en exceso, a las dietas y a cómo preservar una forma atractiva, en el mejor de los casos hablamos con alguna sustentación de la salud y la alimentación. Cabe por ello la presunta: ¿Desde nuestros interseses, qué tenemos en común con la solución de los problemas de raíz que mantienen el hambre?

En su libro “El Hambre”, Martín Caparros, escritor e historiador Argentino, va mucho más allá de lo usual. En algo más de seiscientas páginas el autor comparte una experiencia que lo lleva a nueve países y a entrevistar a decenas de personas para darle rostro a las cifras y a los estudios que buscan encontrar soluciones a ese flagelo que nos ha acompañado a los seres humanos durante cientos de años, aún a pesar de indudables logros en un siglo y medio en que quintuplicamos la población del planeta. En ese recorrido nos confronta con los diversos aspectos que ayudan a explicar el por qué de la persistencia del hambre en unas sociedades con la capacidad económica y tecnológica para superar ese mínimo que nos igualaría en el inicio de esa lucha por la supervivencia que es la vida para tantos. Describe en forma descarnada la hipocresía frecuente en las acciones desplegadas ante el hambre en otros países, las fragilidades e inconsistencias de las instituciones que se especializan en dar respuestas inmediatas, el papel de los gobiernos que no terminan de ir a la raíz de este reto global y la actitud generalizada de quienes observamos y actuamos esporádicamente.

A lo largo del libro pero en especial al final, Caparrós se detiene a discutir el mundo de la producción y de los mercados de los alimentos. En su análisis se encuentran claves para entender los atributos de esos mercados y explicar por qué la solución del hambre en el mundo tiene muchos temas en común con los intereses de quienes se centran en encontrar una alimentación sana en medio de la abundancia. La especulación con los mercados de los alimentos, la manipulación de precios, la concentración de la producción, el exceso en el uso de químicos, el control sobre las tierras y el agua, la desinformación sobre los atributos nutricionales de los alimentos, la creciente elaboración de alimentos artificiales, los suplementos vitamínicos, en fin, una gran variedad de temas que caracterizan a las cadenas productivas, en particular a la industria de alimentos, y abren o cierran posibilidades para resolver el reto del hambre de esos mil millones y los temas de salud que inquietan a millones. En resumen, en el libro se habla del control conseguido por unos inmensos conglomerados cuyo foco es la maximización de utilidades y la eliminación de la competencia, a menudo con un apoyo de sus gobiernos que no refleja la necesaria equidad en un campo álgido de la igualdad de oportunidades. En las últimas dos décadas, el efecto cuestionable de esas empresas es reforzado por mercados especulativos que dicen reducir los costos de transacción, cuando en realidad introducen nuevos grados de incertidumbre, propios de una economía como la que, en mercados como el inmobiliario o en los de las nuevas industrias de informática, generó procesos adversos a los intereses mayoritarios de la sociedad.

Luego de la lectura de las secciones en que Caparrós discute y hace múltiples preguntas sobre el comportamientos de las grandes empresas de la alimentación, es claro que más allá de la solidaridad o de una actitud ética ante la vida, quienes abogamos por una alimentación sana tenemos en común con el tema del hambre, la necesidad de confrontar la conducta de esas grandes empresas y en general el comportamiento de los mercados de la comida. Estos mercados, de hecho, distan de ser perfectos como lo sueñan los fanáticos de “la libre empresa”.


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